ORGULLO, MIEDO Y AMOR
- Oseas Chacón
- 26 oct 2021
- 3 min de lectura
Actualizado: 8 nov 2021

Había oscurecido ya, ese día que los soldados romanos se llevaron al maestro. El ambiente se tornó hostil, una sensación de incapacidad se respiraba en el Getsemaní por sus seguidores al ver que uno de los suyos estaba entregando a Jesús.
El rostro del Maestro era diferente al del resto, parecía “listo” para aquello que sucedía. Simón, al que llamaban Pedro, había tenido una conversación con Jesús, antes que los soldados romanos llegaran. Jesús había anunciado en múltiples ocasiones que le era necesario padecer y morir, nuevamente lo recordó en Getsemaní a sus discípulos. En esta ocasión advirtió que ellos se escandalizarían con lo sucedido y que huirían y le negarían. Pedro no pudo evitar responder a tal advertencia de Jesús, así que con determinación en su rostro dijo: “Aunque otros te nieguen, YO no te negaré”. Jesús dio respuesta a la promesa poco realista pero motivadora de Pedro, diciendo: “De cierto te digo que antes que cante el gallo, me negarás tres veces”, aunque Jesús le dice esto, Pedro tiene una nueva respuesta para el Maestro: “Aunque tenga que morir, no te negaré”.
El relato de Mateo dice que Pedro seguía a Jesús de lejos para ver cómo era el fin, luego de esto, le negó.
La profecía de Jesús se cumplió, no solamente que iba a padecer, también la profecía de la negación de Pedro. El discípulo negó una y otra y otra vez, ésta última con maldición.
Orgullosamente, aquél discípulo negó su negación y orgullosamente negó su afirmación de creer en Cristo, de su discipulado, de su conocimiento, de su amor.
El orgullo dirigió a muchos personajes bíblicos como Adán, Eva, Caín, Moisés, Abraham, David, Sansón, Saúl, y en este caso, Pedro.
El orgullo es un verdugo sutil. Una vez que somo guiados por él, nos encamina hacia el pecado, la ofensa, la rebeldía y la soberbia. Quizá no te has percatado, pero el orgullo dirige muchas de nuestras decisiones. El orgullo también dirige algunas oraciones, cuando pedimos con un sentido de avaricia y necedad. El orgullo es el que te susurra al oído diciéndote que eres el mejor, que en tí no hay equivocación, te toma por la espalda y venda tus ojos. El orgullo se sienta en lo más alto de tu corazón y desde allí ejerce su gobierno, incluso sin que sepamos que eso sucede.
El corazón de Pedro es engañoso, es igual a nuestro corazón, obstinado y rebelde; el corazón de Jesús es puro, sus intenciones son sinceras, las nuestras buscan ego, reconocimiento e incluso poder. Nuestro orgullo está estrechamente relacionado con todos los demás pecados que cometemos, el orgullo vive en nuestro corazón como lo que realmente es, un ídolo. El orgullo nos hace pensar que nunca vamos a pecar, que podemos resistir a la tentación, pero solo es un engañador, un vende mentiras.
Por esa razón, necesitamos volver a la Cruz, la Cruz de Cristo, como un estilo de vida, como una disciplina diaria, porque es en la cruz donde admitimos que somos pecadores, es en la cruz donde aflora el arrepentimiento, es en la cruz donde soy vulnerable, es en la cruz donde Cristo alumbra mi oscuro corazón y permite que vea lo sucio que estoy y me hace entender que solamente por la Sangre vertida en esa Cruz mi suciedad es limpiada, todo mi pecado es eliminado por Su obra.
Allí puedo descansar, allí permanezco humilde, viendo hacia arriba, a mi Salvador, a mi Señor, en esa cruz.
En la cruz donde el justo murió por los injustos, el sabio por los necios, el santo por los pecadores. Es allí, en la cruz donde acepto que nada de lo hice o pueda hacer, me salvará, donde renuncio a MÍ MISMO y MUERO A MÍ MISMO y confío en la suficiencia de Cristo, su vida y su obra redentora y sustitutoria, es en la Cruz donde mi orgullo cae, por la Gracia de Cristo, Su amor, Su perdón.
Lectura de Pasajes Bíblicos: Lucas 22:31-62. 1 Juan 1:5-9



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